domingo, 18 de marzo de 2012

El único sueño de Frank Camarena


MIENTRAS RECIBE LOS DISPAROS de la cámara de fotos, Frank se desliza por el suelo de su casa cantando de memoria “Dónde estás, amor” de Los Caribeños de Guadalupe. La cumbia proviene del celular de su papá, Juan Carlos Camarena, que —sentado en la mesita que hace las veces de escritorio y comedor— mira gatear a su hijo de 6 años, con una mezcla de amor y pena, con una mezcla de orgullo y rabia.



Por ningún lado Frank parece ser un niño con “síndrome de depresión”, ese rarísimo diagnóstico que los médicos y enfermeras del hospital María Auxiliadora le dieron a su madre, Agripina Castillo, cuando lo trajo al mundo el 11 de abril del 2003. “El niño no quiere vivir”, inventaron.

Le dieron esa excusa para disimular la terrible negligencia que habrían cometido al momento del parto. Según el testimonio de Agripina (y hay que oírla contando el episodio para sentir que dice la verdad), durante el alumbramiento, el cuerpo de Frank se le resbaló al médico y cayó al suelo de cabeza. Ella lo recuerda claramente y nadie la convencerá de lo contrario. Los doctores le dijeron que había visto mal, que lo que se cayó fue la placenta. Agripina no les creyó. “Yo misma vi cuando el doctor recogía a mi hijito del suelo”, asegura, con vieja bronca.

A pesar de que le habían recomendado someterse a una cesárea (las ecografías mostraban que el niño estaba sentado en el vientre), los médicos del María Auxiliadora la forzaron a tener un parto natural. Como consecuencia de ese descuido —cuenta Agripina— el bebe sale en mala posición y se le cae de las manos al doctor. Segundos antes, para colmo, producto del sufrimiento fetal, el niño aspiró líquido amniótico directo a los pulmones. Todo eso junto le provocó los daños cerebrales posteriores.

Agripina recuerda que no oyó el llanto de su hijo. “Se lo llevaron supuestamente para limpiarlo y mucho después me lo trajeron”, dice. Cuando lo recibió, la cabeza del recién nacido tenía un hematoma: “Era un bultazo, un chinchón grandote, en forma de cono”. Las enfermeras insistían en el cuento de la depresión.

El niño fue aislado durante tres semanas en cuidados intensivos. Nadie podía verlo. Solo Agripina podía entrar a darle de lactar. En una de sus visitas, encontró que su hijo estaba fuera de la incubadora, envuelto en un periódico. “Pensé que se había muerto”, cuenta, y de inmediato se calla para no llorar.

OPERACIÓN TRIUNFO
Ubicada en la manzana G del asentamiento humano Virgen del Morro, en Chorrillos, la casita de los Camarena es una extensión de la acogedora humildad de sus ocupantes. Por despistados y por falta de recursos, ellos jamás iniciaron una demanda contra el hospital. No les interesa hacerlo ahora tampoco. Lo único que buscan es que la columna de su hijo —desviada por una escoliosis neuromuscular, provocada por la parálisis cerebral leve en que degeneró la caída que sufrió al nacer— reciba las dos costosísimas barras de titanio que necesita.

Cuando Frank cumplió 2 años y no se ponía de pie, sus papás creyeron que era un engreimiento de su parte. Después se dieron cuenta de que no. Un neurólogo del Hospital del Niño lo vio, detectó la fisura en su cráneo y de inmediato le ordenó terapias de rehabilitación. Los ejercicios, lamentablemente, no han funcionado. Por si fuera poco, la curvatura de la columna mueve toda la caja torácica del niño, le oprime el pulmón derecho y le causa trastornos respiratorios, que solo pueden ser calmados con jarabes que no bajan de los cien soles.

Desde hace treinta meses, Agripina y Juan Carlos buscan cómo financiar la cirugía de Frank. Juan Carlos es el único que trabaja, limpiando autos doce horas al día en el Club Regatas, y no hay necesidad de decir que la plata que ahí gana apenas le alcanza para vivir. Uno de sus hijos, Juan Renzo (18), ha dejado de estudiar para buscar un empleo y sumarse a la causa. En la clínica San Juan de Dios les dijeron que podían apoyarlos con el costo de la intervención quirúrgica. Y hace una semana, una empresa privada les ofreció 25 mil soles para cubrir parte de la operación, cuyo costo total asciende a 60 mil.

Es por gestos como esos que los papás de Frank son optimistas. Están seguros de que pronto conseguirán el dinero que falta.

Sin esperar que las donaciones caigan del cielo, Juan Carlos se ha puesto a vender camisetas deportivas. No son camisetas ordinarias. Una es de Alianza Lima y lleva firmas de varios jugadores íntimos; otra es del arquero uruguayo de la Lazio de Italia, Fernando Muslera (a cuya mamá Juan Carlos conoció accidentalmente hace un tiempo); otra es la que usó la voleibolista Elena Keldibékova el día que hizo la famosa “patadita de Dios”; y la última camiseta es la de Perú, con la rúbrica de los seleccionados. “Por esa no te van a dar ni un mango”, le bromeo. “No te creas, ya me llamaron hoy para llevársela”, me dice Juan Carlos, con una sonrisa que suele escabullirse en su rutinaria cara de papá angustiado.

Él me cuenta que lo han llamado del programa “Lima limón” para ayudarlo. Lo dice sin expectativa, acaso recordando la mala experiencia que tuvo con el “Show de los sueños”, de Gisela Valcárcel, adonde fue para ver si su hijo podía ser uno de los soñadores. La producción de Gisela lo entrevistó dos veces, luego no lo llamaron más. En vez de Frank, seleccionaron al niño Jesús Puma Montoya, cuya situación es muy parecida a la de Frank (yo diría incluso que la de Frank es más delicada). “No me molestó que no escogieran a mi hijo, pero ni siquiera nos avisaron”, dice Juan Carlos. El pasado 30 de junio, la rolliza Teresita de la serie “Al fondo hay sitio” (Magdyel Ugaz) bailó en el show representando al niño Puma Montoya. Frank y sus papás la vieron en su tele de catorce pulgadas.

Y aunque yo no soy Teresita, ni bailo cumbia, quizá esta crónica ayude en algo a lograr el único sueño de Frank Camarena: caminar como los demás, correr como los demás.

¿HUBO NEGLIGENCIA EN EL HOSPITAL?
Consultado por este caso, Fernando Ávila, jefe de Comunicación del hospital María Auxiliadora, dijo que en los archivos del 2003 no figura nada que llame la atención. “La señora entró al quirófano con la presión alta y se le hizo un parto podálico: el niño salió de pie. Hubo sufrimiento fetal, pero el bebe nació con buen peso”, señaló. Afirmó también que el departamento de asesoría jurídica del nosocomio está a la espera de cualquier acusación. “El señor Camarena tendrá que probar lo que dice”, afirmó. El padre de Frank no tiene intenciones de reclamar nada, pero tampoco se chupa. “Una vez me dijeron que los casos de negligencia médica prescriben a los 10 años. A mí no me interesa mirar atrás, yo solo quiero operar a mi hijo, pero si algún abogado quiere llegar a las máximas instancias, yo colaboraré. Y si se prueba que esta fue una negligencia, el Estado tendrá que responderme”.

Con información de "El Comercio"

3 comentarios:

juan camarena dijo...

MUCHAS GRACIAS PERIODICO VECINO..AUN ESTAMOS VIGENTES..SOY EL PAPA DE FRANK..LA SALUD DE EL AUN ESTA INCONCLUSA..DESPUES DE FIESTAS ..DIOS MEDIANTE..REINICIAREMOS CAMPAÑA PROSALUD..NUEVAMENTE GRACIAS.

juan camarena dijo...

palante con frank

juan camarena dijo...

palante con frank